martes, 15 de septiembre de 2026

La pulpería verde

 La pulpería verde

Capítulo I: La llegada

Esas últimas noches casi no habíamos podido dormir. La emoción era demasiada.

Nos íbamos a mudar.

Dejábamos un pequeño pueblo de San Carlos para irnos a la ciudad. Era el año 1972 y, en aquel tiempo, no existía ni la mitad de las cosas que existen ahora. Mucho menos las carreteras. En mi pueblo ni siquiera teníamos televisión. No porque no quisiéramos una, ni porque mis papás no pudieran comprarla. Simplemente la señal no llegaba hasta allá.

Para nosotros aquello era un cambio enorme.

Habíamos vivido siempre en una finca, entre ganado, potreros y caminos de tierra, hasta que a papá le salió la oportunidad de comprar una pulpería en Desamparados. No voy a decir exactamente dónde estaba, por respeto a quienes ocupan actualmente esa propiedad. Solo diré que era una pulpería grande, de esas que antes parecían pequeños comisariatos: vendía prácticamente de todo y tenía hasta su propia cantina.

La casa formaba parte del mismo edificio. En la segunda planta había cuatro cuartos y, según nos había dicho papá, ya tenía algunos muebles.

Salimos de San Carlos con todo lo que pudimos meter en un camión grande. Muchas cosas tuvimos que dejarlas. Mamá decía que no había campo para más y papá repetía que no importaba, que en la casa nueva encontraríamos lo necesario.

El viaje se me hizo eterno.

Avanzábamos lentamente por aquellos caminos empinados y difíciles. Cuando finalmente llegamos a Zarcero recuerdo haber pensado:

—Ya estamos cerca.

No tenía idea de cuánto faltaba todavía.

Llegamos a Desamparados como a las tres de la tarde.

Nunca olvidé la primera vez que vi aquella casa.

Era una propiedad grande, esquinera, completamente de madera. Estaba pintada de verde, con los marcos de las ventanas blancos. Sobre las paredes colgaban enormes rótulos comerciales de esos que se usaban en la época.

A mis ojos de niño, aquello era imponente.

Apenas entramos, mis hermanas y yo corrimos escaleras arriba para escoger nuestros cuartos. Eso sí, papá ya nos había advertido que el más grande, el que tenía las ventanas hacia la calle, era para él y mamá.

Mis hermanas escogieron primero.

Yo me quedé con el último.

Tenía una ventana que daba hacia el patio y estaba muy cerca de las escaleras.

Me encantó.

Todo nos parecía maravilloso.

Desde las ventanas alcancé a ver a varias personas del barrio asomándose desde sus casas. Algunos incluso se acercaban disimuladamente a la pulpería para observar a los recién llegados.

Aquello me sorprendía.

En San Carlos eso jamás habría ocurrido.

Ni siquiera teníamos vecinos cerca.

Entre mis dos hermanas, mi tío Carlos, el señor del camión y yo comenzamos a descargar nuestras cosas. Mamá, como toda una sargento, se instaló en la entrada y empezó a dirigir la operación.

—Esa mesa arriba.

—Las sillas allá.

—Eso no. Eso va para la cocina.

—¡Cuidado con esa caja!

A todo le encontraba inmediatamente un lugar.

Prácticamente no dormimos aquella noche. En parte por la emoción y en parte porque todo tenía que quedar preparado para abrir el negocio cuanto antes. La pulpería se había comprado con toda la mercadería que tenía adentro y cada día cerrado significaba perder ventas.

Ya de madrugada caímos rendidos.

Al día siguiente papá decidió abrir hasta las nueve.

Pero desde las seis de la mañana comenzaron a tocar la puerta.

Uno quería azúcar.

Otro café.

Otro venía por el pan.

Otros preguntaban por los periódicos.

Papá no quiso abrir. Primero necesitaba saber exactamente qué había comprado, cuánto inventario tenía y qué cosas hacían falta.

A las nueve abrió finalmente las puertas.

Entró un montón de gente.

Creo que muchos llegaron más por curiosidad que por necesidad, pero lo cierto es que ninguno se fue con las manos vacías.

Mis hermanas y yo todavía no íbamos a la escuela. Las clases comenzaban hasta el mes siguiente, así que pasábamos prácticamente todo el día dentro de la pulpería, descubriendo aquel mundo nuevo.

Fue entonces cuando conocí a don Quincho.

Jamás olvidaré la primera vez que atravesó aquella puerta.

Era un hombre muy viejo. En aquel momento calculé que tendría unos ochenta años, aunque para un niño cualquier persona de esa edad parecía haber vivido desde siempre.

Caminaba apoyándose en un bastón y mascaba tabaco. Usaba chonete, una camisa blanca impecable y pantalón azul.

Entró sin saludar.

Caminó lentamente hasta una banca que estaba junto a una de las paredes y se sentó.

Nada más.

Me llamaron especialmente la atención sus ojos.

Eran azules, pero de un azul extraño, desteñido. Casi gris.

Un azul sin vida.

Papá lo observó durante un rato. Cuando finalmente no quedó ningún cliente dentro del negocio, se acercó.

—Señor, ¿se le ofrece algo?

El anciano ni siquiera levantó la mirada.

Papá esperó.

—¿Desea comprar alguna cosa?

Nada.

Don Quincho permaneció completamente inmóvil.

Y así estuvo durante horas.

Antes de que cayera la noche se levantó, tomó su bastón y salió de la pulpería. Lo vimos cruzar lentamente la calle y entrar en una pequeña casa situada enfrente.

Al día siguiente volvió.

Y al siguiente también.

En realidad, comenzó a hacerlo todos los días.

Llegaba apenas abríamos, se sentaba en la misma banca y permanecía allí hasta poco antes de oscurecer.

No hablaba con nadie.

No comía.

No tomaba agua.

Papá le ofreció café varias veces. Mamá le ofreció comida.

Nunca aceptó nada.

La gente entraba y lo saludaba.

—Buenos días, don Quincho.

Él no respondía.

Parecía una estatua.

Una estatua que cada mañana atravesaba la calle para sentarse dentro de nuestra pulpería y que cada noche regresaba a su casa.

Pasaron algunos días y mamá comenzó a hacer amistades en el barrio. Algo que, conociéndola, no le costaba absolutamente nada.

Y con las amistades llegaron los chismes.

Así fue como conocimos la historia de don Quincho.

Según contaban, había sido uno de los primeros habitantes del barrio. Había tenido esposa y una familia numerosa.

Ocho hijos.

Y, muchos años atrás, probablemente a principios del siglo, aquella pulpería había sido suya.

La misma pulpería en la que nosotros acabábamos de instalarnos.

Después comenzaron las desgracias.

Primero murió su esposa de cáncer y don Quincho quedó solo criando a los ocho hijos, algunos todavía pequeños y otros adolescentes.

Luego empezaron a morir ellos.

Uno tras otro.

Uno cayó por unas gradas.

Otro murió de una enfermedad.

Después otro.

Una de las muchachas se quitó la vida.

Las historias cambiaban dependiendo de quién las contara, pero todas terminaban exactamente igual:

Don Quincho se quedó solo.

Después vendió la pulpería.

Sobre quienes tuvieron el negocio después de él nadie parecía saber demasiado. Solo repetían una cosa.

Ningún dueño duraba mucho tiempo allí.

Algunos decían que seis meses.

Otros, menos.

Papá se reía cuando mamá le contaba aquellas historias.

Yo no.

Especialmente después de conocer a don Quincho.

Pero todavía faltaba algo.

Una tarde estaba jugando con mi hermana Carolina en el patio de la casa. No recuerdo exactamente qué pretendíamos hacer, pero empezamos a excavar la tierra.

De pronto golpeamos algo duro.

Seguimos escarbando.

Era una caja.

No.

Era un pequeño cofre de madera.

Estaba muy deteriorado por la humedad y tenía un candado oxidado que parecía llevar enterrado muchísimos años.

En cuanto lo vi sentí un escalofrío.

Carolina se quedó pálida.

Ninguno de los dos quiso tocarlo.

Salimos corriendo a buscar a mamá.

Cuando lo vio, se persignó.

—Eso es un entierro de brujas —dijo.

Nunca había escuchado aquella expresión.

Buscamos un martillo y, después de varios golpes, conseguimos romper el candado.

Dentro encontramos pedazos de ropa prácticamente deshechos por la humedad.

Había cintas negras.

Clavos.

Una cadena.

Y huesos.

Nueve.

Nueve huesos de diferentes tamaños.

Pero había uno distinto a los demás.

Era grande y tenía varios símbolos tallados sobre la superficie, como si alguien los hubiera hecho cuidadosamente con la punta de un cuchillo.

Mamá cambió de expresión.

—No toquen nada.

Fue a buscar canfín.

Roció todo el contenido del cofre y le prendió fuego.

Pero no ardió.

El fósforo se apagó.

Volvió a intentarlo.

Nada.

Yo pensé que sería por la humedad.

Entonces mamá nos miró.

—Dense la mano.

Carolina tomó la mía.

Mamá comenzó a rezar el Padre Nuestro y nosotros repetimos detrás de ella.

Cuando terminamos volvió a echar canfín.

Esta vez prendió.

Y aquello es algo que, más de cincuenta años después, todavía puedo ver cuando cierro los ojos.

Las llamas no tenían un solo color.

Eran azules.

Verdes.

Rojas.

El humo era negro y espeso, y de aquel cofre comenzó a salir un olor extraño. No olía a madera quemada ni a ropa vieja.

Olía a flores.

Pero no a flores frescas.

A flores de muerto.

Las llamas lanzaban pequeñas chispas y, mientras las observaba, tuve la sensación de que algo se movía dentro de ellas.

Durante muchos años intenté convencerme de que había sido mi imaginación.

Era un niño.

Estaba asustado.

El humo podía formar figuras.

Las llamas también.

Pero todavía recuerdo perfectamente lo que pensé aquella tarde.

Aquello no parecían llamas.

Parecían personas.

Figuras retorciéndose.

Como fantasmas gritando.

Mamá esperó hasta que no quedó prácticamente nada.

Después nos hizo prometer que jamás hablaríamos de aquello.

Ni con papá.

Ni con nuestros hermanos..

Con nadie.

Y durante mucho tiempo cumplimos la promesa.

La vida continuó.

Mis hermanas y yo comenzamos a hacer amigos en el barrio y poco a poco fuimos conociendo cada rincón de aquel lugar.

Justo al lado de nuestra casa había otra propiedad que despertaba nuestra curiosidad.

Era una casa muy antigua.

Mucho más antigua que las demás.

Debió pertenecer alguna vez a una familia adinerada, porque su arquitectura no tenía nada que ver con las casas humildes del barrio. Tenía corredores amplios, ventanas enormes y un jardín que debió ser hermoso muchos años atrás.

Ahora estaba abandonada.

Las paredes estaban cubiertas de humedad y moho. Las plantas crecían sin control y todo indicaba que nadie había vivido allí durante muchísimo tiempo.

Todo excepto una cosa.

En medio de aquel jardín abandonado había un rosal.

Florecía.

No tenía ramas secas.


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